cuando bailamos, ¿jugamos?

Sólo hay que observar un rato la naturaleza para percatarnos de que el aprendizaje de las cosas más elementales de la vida se produce a través del juego. Los cachorros saltan, corren, se mordisquean, cazan pequeños animales, tropiezan y se vuelven a levantar; al igual que los niños exploran el mundo con una mirada curiosa y confiada, ajena al peligro. Jugar nos mantiene creativos y en coherencia con esa parte infantil, ávida de recreo e imprudencias, que siempre nos acompaña y convive con nosotros.

El juego entendido en un sentido amplio como acto lúdico, además de conectarnos con la diversión y el placer, nos permite cultivar la imaginación, el desarrollo físico, la personalidad, la autoestima, la autonomía, las habilidades comunicativas y sociales, la consideración hacia los demás y la gratitud; asimismo, favorece la integración y el intercambio de conocimientos y nos sitúa directamente en el instante presente. Y, ¿no resultan estos elementos comunes a la danza? Cuando el cuerpo baila es capaz de fantasear, aprender, recordar, desear, investigar, relacionarse y reconocerse, y todo ello en el preciso momento en que tiene lugar el movimiento. La danza nos da el permiso que necesitamos para jugar, para movernos hacia nuestros límites y exponernos a la confusión de lo desconocido, para derrumbar y restaurar las formas, manifestar nuestras emociones y entretejer nuestros impulsos creativos; y, como cualquier otro juego, posee sus reglas, que han de ser aprendidas para luego poder ser aplicadas, compartidas, transformadas e incluso olvidadas.

El acto de jugar es puro y sencillo y constituye un fin en sí mismo, nos aleja de las obligaciones y al mismo tiempo nos compromete con la experiencia vital. Recuperarlo supone sembrar la creatividad y creo que, en general, eso nos asusta, porque desestabiliza los patrones que diariamente nos esforzamos (y forzamos) por mantener inamovibles, nos plantea riesgos que creemos no poder alcanzar y que sin embargo nos encantaría asumir. Considero que se trata de una actitud, una manera alegre y contagiosa de percibir y recorrer la vida que nos hace posible alimentar nuestra más extravagante curiosidad y descubrir otros recodos del camino.

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