un eslabón entre dos épocas: Isadora Duncan

El ser humano siempre ha bailado, se ha movido al ritmo de la música y ha buscado la expresión estética de las formas a través de movimientos particulares que ha ido incorporando a su imaginario físico. Ha creado estilos, los ha cuidado, mantenido, transformado y nutrido de otros ya existentes, y así hasta llegar al momento actual, en el que presenciamos un multiverso de manifestaciones artísticas de los que la danza forma parte y se permeabiliza constantemente.

Imagino que cada momento histórico siempre se perciba como el último y más avanzado de todos los tiempos, al ser nuestra perspectiva y experiencia histórica sólo del pasado conocido y por ende limitada; por ello, creo que el mundo vive conmovido y asombrado la revolución corporal que tiene lugar en la segunda mitad del siglo XIX y que sienta las bases de los hallazgos y avances que en materia de danza se sucederán en los siguientes decenios. El cuerpo inicia entonces una progresiva conquista del espacio escénico, el movimiento comienza a concebirse con una dimensión más integral y al bailarín, como un ente orgánico capaz de expresarse libremente sin la restricción de unas reglas establecidas.

Son varias las figuras que protagonizan este cambio de paradigma, pero en esta ocasión me gustaría detenerme en la de Isadora Duncan, por ser la más transgresora y revolucionaria de aquel momento, la que se erige con el emblema del cambio en los albores de esta nueva era al aportar una visión radicalmente opuesta al legado de los cánones de su época: gran amante de la filosofía, del arte griego y de la tradición clásica, baila descalza sobre escenarios austeros y con vaporosos vestidos blancos; defiende el desnudo como una de las formas más nobles del arte, así como la recuperación de la belleza y del movimiento natural del cuerpo femenino, oculto durante siglos; se libera de los corsés y de la constricción de la técnica de la danza clásica; aprovecha la fuerza de la gravedad (elemento contra el cual el ballet venía luchando desde sus inicios) y emplea, por primera vez, música no pensada expresamente para bailar. Isadora aboga por una danza que responda a los ritmos internos de cada individuo, de su esencia, y que al mismo tiempo represente los movimientos de la naturaleza y del universo; de hecho, reconoce el plexo solar como el centro corporal y lo identifica como el lugar en el que coinciden la experiencia física, la espiritualidad y la emoción, y en el cual se genera el movimiento continuo, que es irradiado hacia el exterior a través de las extremidades.

Estas ideas transformadoras hacen eco no sólo en los cuerpos de sus alumnas, las “isadorables”, sino en los de todos aquellos que conocen su arte e incorporan sus principios innovadores. Y aunque no llega a codificar una técnica, su legado perdura en el tiempo y se extiende a lo largo de los siglos hasta hoy en día, impregnando cada danza de su esencia eterna y universal.

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