el día que descubrí que había empezado a bailar

En muchas ocasiones me he preguntado por el origen del movimiento y lo he buscado conscientemente. Me he detenido, he escuchado y he dejado que surja; pero el mero hecho de poner atención en que aparezca ya me lleva a provocarlo. ¡Es tan sutil ese espacio! Un lugar germinal, sitio de nada y de todo, que si se intenta pensar y asir desaparece; quizás, entonces, la puerta de acceso no sea la razón sino el propio cuerpo. Al fin y al cabo, todos nos movemos al ritmo de la música y nos dejamos llevar por la inercia de algo que nos empuja sin que podamos siquiera del todo controlarlo; incluso aquellos que dicen no saber bailar se mueven por dentro, tarareando melodías y marcando la cadencia de cualquier canción con la punta del pie. Algo pasa, un impulso ingobernable que nos recorre y nos anima.

Cuando aprendemos una técnica de danza lo hacemos imitando las formas que nos muestran, que serán de una manera u otra dependiendo del estilo que hayamos elegido. Así vamos incorporando “pasos” a nuestro repertorio, lo que nos permitirá movernos de un modo muy particular de acuerdo a unos códigos específicos. ¿Y qué sucede cuando las formas ya están integradas, nuestro cuerpo las conoce y ya no tenemos que pensar en ellas? ¿Es entonces cuando empiezan a abrirse otros espacios? ¿O esos espacios podrían ser abiertos desde el principio?

Mi propia experiencia me mostró que después de muchos años bailando mi cuerpo necesitaba expresar algo y no sabía cómo. Se sentía atrapado en unas formas que no reconocía como propias y tuvo que alejarse de ellas para encontrar otra dimensión expresiva. Fue entonces cuando el viaje de búsqueda se invirtió y la forma externa, que para mí había supuesto hasta ese momento el origen de todo, pasó a convertirse en la consecuencia: el recorrido del movimiento era iniciado en el interior, en una especie de núcleo personal e imperfecto. Entonces la técnica dejó de ser una directriz y comenzó a transformarse en una herramienta de apoyo, iniciándose un diálogo bidireccional entre el entorno y mi cuerpo, entre esa potencia que nacía de mí y el mundo. Y cuando esto comenzó a suceder descubrí que había empezado a bailar.

Quizás cuando bailamos haya que olvidarlo todo, incluso quiénes somos y dónde estamos, y permitir que nuestro cuerpo se convierta en el instrumento de algo mucho más poderoso: la propia danza. Dejar que se apodere de parte de nuestra voluntad y tenga la libertad de crear a su antojo, de llevarnos a un estado de consciencia-inconsciencia, a una especie de lucidez soñadora que nos embriague y nos conecte con nosotros mismos y con el universo.

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