la ilusión del movimiento

¿Y si pensásemos en la danza como una sucesión de micro-momentos estáticos que puestos en relación unos tras otros generasen sensación de movimiento? ¿Podría ser su naturaleza inmóvil y dinámica al mismo tiempo? ¿Sería entonces una ilusión, una percepción de nuestros sentidos a la vez real e imaginaria?

A lo largo de la historia del arte el cuerpo y el movimiento suponen un importante objeto de estudio y debate. En este sentido, destacan los trabajos a finales del siglo XIX del fotógrafo Eadweard Muybridge y del fisiólogo Étienne Jules Marey acerca de la síntesis del movimiento, que transforman la concepción del mismo al revelar lugares que el ojo humano es incapaz de percibir a simple vista. Para ello recurren a la fotografía, reduciendo al máximo los tiempos de exposición con el objetivo de captar imágenes instantáneas consecutivas que muestren la estructura del cuerpo en las diversas fases de la locomoción de animales y personas.

La amplia difusión de sus investigaciones cronofotográficas, que tienen un fin científico, marcan un antes y un después en las representaciones artísticas, generando cierta controversia entre los pintores, que creen más verosímiles sus propias interpretaciones sobre el lienzo. Marey idea incluso sistemas de captación más veloces que le permiten analizar el vuelo de los pájaros y de los insectos (el “fusil fotográfico”) y registrar las diferentes líneas de trayectoria. Muybridge, por su parte, inventa el zoopraxiscopio, un aparato que proyecta en movimiento y con el uso de la luz las imágenes estáticas previamente tomadas, influyendo de este modo en los inicios del cine.

Este momento histórico coincide con los albores de la danza contemporánea, con ese instante de validación y puesta en valor del cuerpo humano. Una época de confluencia entre la ciencia y la tecnología que abre paso hacia una nueva era en la cual el movimiento comienza a ser objeto de análisis y nace el interés por conocer los detalles, analizar, descomponer y recomponer.

Mantener la conciencia despierta al bailar nos mantiene alerta y presentes, como si de una cámara fotográfica se tratase, registrando cada preciso instante y cada gesto como si fuera único y eterno. Todo forma parte del conjunto, nada puede obviarse, ni siquiera ese lugar que pareciera no pertenecer o tener menos valor que el resto; el movimiento es una sucesión de imágenes de similar importancia, no existen las transiciones. Al danzar, nuestro cuerpo se encuentra inmerso en una continua metamorfosis creativa.

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Caballo en movimiento fotografiado por Muybridge entre 1878 y 1887
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Pelícano volando fotografiado por Marey en torno a 1882

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