los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev

Vuelvo a remontarme a la segunda mitad del siglo XIX en Europa, a esa época en la que la concepción del cuerpo y el movimiento experimenta grandes cambios y el arte en general inicia una incipiente búsqueda hacia nuevas formas de expresión más allá del academicismo hasta entonces imperante. Un momento en el que las artes escénicas presencian su propio redescubrimiento y se dirigen hacia nuevos paradigmas de experimentación.

En este ambiente de renovación hace su aparición en San Petersburgo un grupo de artistas e intelectuales burgueses denominado Mir Iskusstva (El mundo del arte), cuyo objetivo es conectar el arte de Rusia con el del resto de Europa y con el propio pueblo ruso. Del grupo comienza a formar parte Sergei Diaghilev, gran conocedor y mecenas del arte que constituye una pieza clave en el desarrollo de la danza clásica. Diaghilev, que mantiene un gran vínculo con el arte de Europa y en concreto con París, lleva en 1909 a la ciudad francesa a los miembros de los Ballets Imperiales para que representen una serie de obras cortas coreografiadas por Mikhail Fokine. Lo innovador del formato, que rompe con los largos ballets románticos, se une al novedoso planteamiento estético y coreográfico de Fokine, el cual, fuertemente influenciado por las ideas revolucionarias de Isadora Duncan, muestra en una de las piezas a bailarines sin puntas ni corsés, con pantalones de colores y ejecutando secuencias con un aire tribal y primitivo. El éxito es rotundo y constituye el inicio de los veinte años de trayectoria por toda Europa de los Ballets Rusos, que marcan un punto de inflexión hacia una nueva etapa.

Diaghilev se rodea de los mejores artistas de la época para dar lugar a auténticas obras maestras portadoras del entonces latente espíritu de vanguardia; de hecho, sus ballets son los primeros en dar cabida a los pintores modernos, que trabajan en la realización de decorados y vestuarios. Las coreografías, por su parte, son llevadas en algunos caso al límite, buscando (y encontrado) la provocación del público, como es el caso de L’après-midi d’un faune (1912) y Le Sacre du Printemps (1913), mostrando este último ballet una serie de novedades que cambian el rumbo de la danza y reafirman las nuevas ideas acerca de la búsqueda de la libertad creativa y de la expresión individual.

Entre sus coreógrafos cabe mencionar a Vatzlav Nijinsky, Mikhail Fokine, Léonide Massine, Bronislava Nijinska y George Balanchine, los cuales, salvo el primero, continúan su carrera por Europa y América tras la disolución de los Ballets Rusos a partir de la muerte de Diaghilev en 1929. Muchas de las obras de la compañía no se han conservado, dada la falta de medios para registrarlas, y sólo algunas han podido llegar hasta nuestros días, permitiendo que la intrépida y renovadora esencia de los Ballets perdure a lo largo del tiempo y nos impregne de su originalidad y capacidad para transformar la escena.

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